Viaje hacia el placer.

0Viaje al placer, POR Diandra B.
Las curvas de la
carretera se abrían insinuantes ante nosotros, como si de una sensual mujer se
tratara. El mar gemía a nuestro costado, regando el aire de gotas de sal. La
brisa entraba a través de la ventanilla abierta.
Sentada junto al conductor,
perdida en mis pensamientos, seguía la línea de la costa, el juego del azul del
mar, el ribete blanco de las olas rompiendo contra la arena gris, el rugido de
un mar salvajemente vivo.
Tan perdida estaba
en mis pensamientos que no me percaté de lo que pasaba hasta que el tacto de
unos dedos firmes deslizándose por debajo de mi escasa, escasísima falda, me
hicieron dar un respingo.
Miré con furia a mi
acompañante. Estoy segura de que el tipo leyó claramente en mis ojos “¿Qué coño
te crees que haces, cabrón?” pero no me dio tiempo a verbalizar mi cabreo.
Porque para entonces sus hábiles dedos apartaban el tanga, mientras hurgaban
dentro de mi coñito, que en lugar de cerrarse, como era su obligación, se abría
encantado de la vida.
Cuando intenté protestar,
una orden rotunda resonó dentro del coche “¡quítate las bragas!”.
No me pareció
oportuno desobedecer al conductor del vehículo que volaba a 150 kilómetros por
hora por la sinuosa carretera general colgada sobre el mar. Obedecí al
instante.
Mientras conducía
con una de sus manos, con la otra me obligaba a acercarme más para poder
masturbarme a su placer.
Yo gemía ya como
una loca, y me acordaba de toda su casta. Pero él seguía ahí, insistiendo,
amenazando con castigarme duramente si mostraba cualquier tipo de resistencia o
rebeldía.
“¡Pasamos demasiado
cerca de los coches. Pueden vernos!” Una sonrisa bastante canalla fue su única
respuesta.
Mi mente luchó para
mantener la calma, pero mi cuerpo desertó rápidamente. Se entregó a las
caricias del enemigo, unas caricias que amenazaban con acabar con el poco
juicio que quedaba aún dentro de mí.
Intenté aparentar
indiferencia, control, ante las caricias del hombre. Pero él, que miraba de
reojo mis reacciones mientras que a la vez permanecía atento a la carretera
(¡Sí chicas un tío capaz de hacer dos cosas a la vez!, ¡Cómo lo oís!) conocía
demasiado bien las señales que le telegrafiaba todo mi cuerpo. Mis manos
empezaron a temblar, de forma imperceptible primero, de forma incontrolable
después, mientras que una risa nerviosa, salida de no sé dónde inundaba el
coche.
“Inútil mostrar
resistencia” me rendí al fin.
Una oleada de
energía recorrió todo mi cuerpo. Pude sentir cómo el placer se abría paso a
través de mis entrañas, cómo se abría paso lentamente, al principio, como un
torrente desbocado después.
Mi cuerpo se
abandonó al más salvaje de los orgasmos. Mi piel temblaba, mis músculos
convulsionaban, mientras mi mente luchaba por conservar un atisbo de la lucidez
que le era tan querida.
“¡Para!” Ante esta
palabra, que salió de mi boca en un susurro suplicante, ahogado por el último
gemido del orgasmo, el hombre respondió incrementando la presión que excitaba
mi clítoris.
La excitación se
fue acrecentando a la vez que el deseo cada vez más irrefrenable de tener su
polla dentro de mi boca, de sentirla, de lamerla con mí cálida lengua, de
acariciarla hasta que estallase dentro de mí, hasta sentir su semen inundando
mi garganta.
Intenté acercar la
mano a su entrepierna, pero me apartó con un manotazo: “Estoy conduciendo”.
“¡Ah mira se acuerda!”, pensé para mis adentros mientras me retorcía de placer
entre vanas protestas que le divertían casi tanto como el gesto de mi cara
cuando me dejé ir una vez más entre gemidos entrecortados, más propios de loba
que de mujer.
Tras el tercer
orgasmo tuve que rendirme ante la evidencia: me tenía, nunca mejor dicho, en
sus manos.
Por fin decidió
parar.
Yo seguía sentada
en el asiento del copiloto. La brisa del mar llegaba desde la playa cercana. El
rugir del mar volvió a envolver el silencio del coche.
El conductor, ambas
manos por fin en el volante, sonreía de forma indisimulada, mientras yo fingía
una nada creíble cara de cabreo.
“¡Es la última vez
que me pongo minifalda!”



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