Dunia y las cañerias.












21/04/15

DUNIA Y LAS CAÑERÍAS POR DIANDRA B.

Durante años Dunia ha dormido sola. Durante años Dunia ha desahogado su deseo como ha podido. Durante años Dunia ha añorado un buen polvo, o uno medio bueno o, para que vamos a engañarnos, uno malo, o muy malo, siempre que fuera un polvo al fin y al cabo.
Incapaz de salir a buscar a algún maromo que le revisara las cañerías, porque ella es una chica buena y decente, Dunia ha achacado al calor y al frío sus largas noches de insomnio, sus desvelos y esa cara de mala leche que se ha ido apoderando de su expresión.
Por eso, cuando se le ha ofrecido la ocasión, cuando aquel buen mozo le ha puesto ojitos “o eso le ha parecido a ella” ha decidido no desaprovecharlo, ponerse el mundo por montera y tirarse al ruedo, y de paso al toro y al torero. Así que después de encomendarse al diablo, ha acorralado al susodicho y luego, bueno, ha  pasado lo que ha pasado…
El joven en cuestión, un veinteañero ni guapo ni feo, aseadito como  mucho, es el operario que la compañía de seguros ha mandado para reparar la bajante, que después de atascarse por enésima vez ha dejado la cocina hecha unos zorros.
El joven en cuestión tiene un buen culo, aunque para Dunia a estas alturas ya no hay culo malo. En la cocina hace calor a esta hora de la mañana. El sol da de pleno y el chico ha decidido, después de mirar de soslayo a Dunia,  quitarse la camiseta.
¡Mala idea cuando tienes enfrente a una cuarentona larga con más hambre que una puta en Cuaresma, que un maestro de escuela, que una solitaria!
Cuando se ha querido dar cuenta el bueno de Pepe tenía la lengua de la mujer dentro del gaznate y una sensación de pánico se ha apoderado de todo su cuerpo, mientras que una mano ha apretado sin piedad el bulto de la bragueta, ha bajado el pantalón y ha empezado a hurgar buscando un pene que, asustado, se ha encogido como un caracol en su concha.
Pero la mujer no se ha rendido, no. “¡De eso nada muñeco!” ha pensado mientras se ha arrodillado ante un Pepe que no ha podido salir corriendo porque está en estado de shock. “¡Esto me va a costar años de terapia! ¡Fijo!” ha pensado.
Dunia ha introducido el pene en su boca y lo ha degustado con deleite. Ha paseado su lengua por el glande, hurgando dentro del prepucio que todavía lo recubría, ha lamido el tronco del órgano masculino, con una sabiduría que ha sorprendido al muchacho acostumbrado a muchos “aquí te pillo, aquí te mato”, pero que no sabe tanto de mujeres como le gusta pensar.
 Pero si algo sabe hacer la mujer de generosos pechos y de culo aún más generoso es una buena mamada. Cinco minutos después, y en contra de su voluntad, ¡lo jura!, el joven se ha corrido como un loco dentro de la boca de Dunia, que, satisfecha lo ha aplastado contra la encimera. “¡De aquí no te mueves hasta que me hayas echado un buen polvo, chaval! es que hijo el hambre es muy mala”.
Enajenación mental transitoria, así lo va a declarar ante sus amigos cuando les cuente cómo ha agarrado a la mujer, le ha dado la vuelta y la ha empotrado en la encimera, la ha cogido de las caderas la ha acercado a su polla y le ha introducido el pene, otra vez erecto, más erecto de lo que recuerda que haya estado nunca, sintiendo como se introduce hasta el fondo de aquel coño, más húmedo que las cañerías en las que está acostumbrado a hurgar. La verga ha empujado con una fuerza salvaje a la mujer que la clava en la encimera; tanto,  que ha temido hacerle daño. Pero de la garganta de Dunia han salido gritos de placer, maldiciones y amenazas por si se le ocurría salirse de su caliente, húmedo y, sobre todo, muy necesitado coñito.
“¡Sigue cabrón!” es lo más dulce que ha salido de la boca de Dunia cuando le vino su primer orgasmo. Pero antes de que acabara de terminar su orgasmo Pepe le introdujo su polla dentro de su culo poderoso, más firme de lo que cabía esperar de una mujer de sus años. La bata de guatiné ha acabado en un rincón de la cocina, mientras que las manos fuertes del joven aplastan los pechos rotundos de la cuarentona, cuyos pezones parecen a punto de reventar de tanta excitación.
Después de varias embestidas se corre como un loco dentro de ella y ha decidido comerse aquel coño, que ahora es un auténtico volcán.
Tumbada en el suelo de la cocina, ella se ha dejado hacer. Ha rozado el éxtasis cuando la lengua del joven ha lamido con sabiduría las paredes de su vagina y ha sentido su segundo orgasmo. Ha gritado como una loca en su tercera corrida, ha maldecido en el cuarto cuando se la volvió a meter en su hermoso culo, y se ha desvanecido en el quinto orgasmo, ¡aleluya! cuando se la volvió a meter de rodillas en su coñito rebosante de semen juvenil. Al fin, ha quedado agotada, extenuada, con una cara de lela que asustaba al fontanero, pero eso si, feliz como una perdiz, después de más de tres horas de sexo salvaje y enloquecido y desparramados por el suelo.

Antes de marcharse Pepe ha prometido reincidir en el pecado. Al salir por la puerta le ha dicho a Dunia burlón: 
“!Ése es mi trabajo, desatascar cañerías¡”






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