LA PROFESORA
26/03/15 ESCRITO POR DIANDRA B.
LA PROFESORA
A Adela siempre le gustó enseñar. Es
una muy atractiva y vocacional profesora. A sus casi cincuenta sigue teniendo
un cuerpo con unas curvas rotundas y sensuales. Horas de gimnasio, de saunas,
de masajes, le cuestan. Pero merece la pena ver cómo los adolescentes del
instituto recorren con sus miradas ese culo respingón, siempre embutido en
pantalones muy ceñidos, o cubierto con una faldita que insinúa más de lo que debiera.
A veces, mientras está en clase explicando
la lección de literatura, nota las miradas de los chicos y de alguna chica,
todo hay que decirlo, fija en su escote. Sus camisas tienen siempre un botón
estratégicamente desabrochado, siempre son de un par de tallas menos de lo
debido. Siempre asoma algo de la piel de esos pechos que se adivinan firmes,
turgentes, aterciopelados, apretados bajo la escasa tela de sus insinuantes
modelitos. Muchos se han negado a salir a exponer la tarea después de observar
un ratito el pliegue de su escote. Ella ha esbozado una sonrisa picarona
mientras adivinaba el pene hinchado del joven en cuestión presionando
indiscreto sobre la bragueta del pantalón; o imaginándoselos masturbándose
pensando en ella.
No es la primera vez que ha llegado
a casa y en la ducha, mientras su marido estaba pegado al ordenador (“bajando
porno otra vez, ¡fijo!” ha pensado) ha dejado que su imaginación vuele hasta la
protuberancia que ha adivinado en la ingle de algún muchacho. Ha tocado sus
pechos con fuerza, como si las jóvenes e inexpertas manos del adolescente la
sobaran, como si un millón de manos la sobaran. El clítoris se ha excitado con
la imagen del joven empalmado, con la calidez del agua recorriendo su cuerpo
desnudo, siempre lascivo.
Unos taconazos imposibles
repiquetean por todo el pasillo del Instituto del Perpetuo Socorro. El contoneo
sensual de sus caderas atrae todas las miradas de los presentes. El sonido
poderoso lo llena todo. Es la señal inequívoca de que Adela acaba de entrar.
Hoy tiene tutorías al final de la
tarde. Un par de alumnos de los “empollones” que quieren hacerle la pelota y
Carlos, ese desastre despistado, con pinta de estar siempre en la luna. Es
guapo el jodido. Se parece mucho a su padre, hoy casi cincuentón. Tiene la
misma cara que tenía él cuando la desvirgó en el asiento de atrás del
seiscientos de su padre, allá por la edad de piedra. ¡Qué tiempos aquellos!
Adela se pregunta si además de los bonitos ojos azules el chaval habrá heredado
algún otro atributo de su progenitor. Él fue su primera polla. Y guarda de ella
el más cariñoso y excitante de los recuerdos. Aún la puede ver erguida,
rotunda, desafiante recortándose en la semipenumbra, mientras ella la mira
llena de deseo, mientras su entonces joven coñito se humedece ante la idea de
tenerla dentro.
Adela aparta esa imagen con rapidez.
Tiene una mente tan disciplinada como su cuerpo. Y, además, ya está en la
puerta su primera tutoría.
Se retrasa, Carlos es el último
alumno y se retrasa. Fuera ha empezado a llover. “Espero cinco minutos más y si
no llega me voy” piensa, mientras contempla por la ventana el agua resbalando
por los cristales. Suenan truenos. El resplandor de algún relámpago se recorta
en el cielo que se ha oscurecido prematuramente. Ya no queda nadie en el
recinto. Tan solo el conserje que realiza tareas de mantenimiento en el
maltrecho parqué del gimnasio.
Adela ha sentido una mirada fija en
su culo. Un escalofrío la ha recorrido de arriba abajo. Es Carlos. Ha entrado
sin llamar. Viene empapado por la lluvia. Su camiseta transparente deja ver un
abdomen de atleta, unos hombros firmes, anchos, unos brazos poderosos, que
amenazan con romper las mangas que los aprisionan.
Hay algo turbio en la mirada del
chico, una mezcla de respeto y deseo que la ha excitado más aún que la belleza
del vigoroso y joven cuerpo que ha podido entrever.
Ha dibujado una media sonrisa,
mientras lo invita con un gesto a sentarse. En lugar de eso el chico la ha
cogido de la cintura y con un movimiento rápido, que casi la hace caer, la a
atraído hacia él. Sus bocas se han fundido en un beso prolongado, denso. Sus
lenguas se han buscado con pasión. Ella ha notado en él una sabiduría que no
esperaba en un chico de dieciséis años.
En alguna parte de su cerebro algo
le grita que qué diablos hace, que si está loca, que está liándose con un
estudiante, con uno de sus alumnos, en su lugar de trabajo, que pare
inmediatamente. Pero es demasiado tarde. El instinto, el deseo, ha tomado las
riendas de la situación.
Carlos le acaba de arrancar la
camisa, y ella le ha respondido con una risa nerviosa. El sujetador ha volado,
acabando a los pies del crucifijo que cuelga de la pared del fondo.
La excitación crece en el cuerpo del
joven. Sí ha heredado de su padre algo más que los ojos: su fuerza, su pasión, y, por lo que puede adivinar desde
donde está, también su verga, piensa Adela, que tiembla de forma incontrolada
mientras el joven juega con sabiduría con sus pezones.
Ella le quita el pantalón (la
camiseta hace tiempo que voló), le baja los calzoncillos y comienza a comer la
joven polla que parece a punto de estallar.
Fuera arrecia la tormenta. El ruido
de un motor alejándose le indica que el conserje se ha marchado ya. Están
solos.
El chico la levanta de golpe y la
voltea. Adela tiene que agarrarse a la mesa con fuerza para evitar caer.
Intenta protestar, pero Carlos le espeta un “¡Calla, zorra!”. Obedece. Queda
claro quién manda aquí ahora.
Le abre las piernas y acerca sus
dedos al sexo de ella, que se deshace como un helado bajo el sol del verano.
Acto seguido introduce su polla en aquel húmedo coñito. Ella grita de placer
con cada embestida del joven, que ha cerrado los ojos, dejándose llevar por una
corriente eléctrica que le recorre y le impulsa a imprimir más fuerza, más
rapidez e intensidad a los movimientos de su pelvis.
La mujer grita cuando el primer
orgasmo de la tarde atraviesa su cuerpo. Tiembla de forma incontrolada y
maldice al muchacho por proporcionarle más placer del que jamás había sentido
antes. Él se ríe mientras toma nota de blasfemias que no sabía que existiesen.
“¿Te gusta zorrita? Pues tu niño tiene más, mucho más para ti”
No ha acabado aún de estremecerse
cuando Carlos introduce su polla en ese culo potente y rotundo de Adela. Los
movimientos son rítmicos, aumentando en intensidad de forma casi imperceptible.
“¡Me matas!” aúlla ella, coincidiendo con el retumbar de uno de los truenos de
la tormenta. Agarra con fuerza las caderas del joven, obligándole a penetrar
más profundamente dentro de su culo. Siente que se marea, que pierde la
consciencia, en el momento en el que alcanza el clímax.
“¡Nunca me habían follado por
detrás! ¡Nunca había sentido tanto placer, cabronazo!” susurra al oído del
joven, que la ha atraído hacia él, mientras le besa los labios con una mezcla
de pasión y ternura que la han conmovido. Los labios del chico han subido hasta
sus ojos, besando los párpados. Luego han buscado sus orejas, activando los
centros del placer de forma sabia, certera, mientras que sus dedos presionan el
clítoris de ella, de nuevo húmedo.
La lengua, los dientes, han ocupado
pronto el lugar de los dedos de la mano.
Ha creído desmayarse cuando se ha
corrido de nuevo de una forma salvaje, casi animal.
De rodillas, con el sexo de su
alumno en la boca, mientras le hace una mamada propia de la profesora que es,
Adela se ha prometido a si misma cambiar la nota de Carlos del último examen.
“¡La polla de este chico – ha pensado – se merece una matrícula!”




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