El Amo
24/03/15 Escrito por Diandra B.
EL AMO
Sintió que una oleada, una marea
inmensa de placer procedente de su clítoris la ahogaba. Sintió que ascendía por su piel como si un millón de
gotas de rocío la asediasen, la acorralasen, recorriéndole desde dentro. Como
si el agua clara de la mañana arrinconara sus miedos, transformándolos en la
forma más pura de dicha que le había
sido dado conocer en esta vida.
Cerró los ojos resignada, rindiéndose a
las sensaciones, a los olores desconocidos que desprendía su cuerpo, a los
sabores extraños que ascendían por su garganta, mientras un grito sordo,
profundo, poderoso, llenaba el aire calmado de la noche.
Una risa limpia, nerviosa, gutural,
acompañó el momento en el que se vació de sí misma, alejando los fantasmas que
minutos antes rondaban su alma. Fue solo el primero de la noche.
La mano experta, sabia, del hombre
siguió con su trabajo de forma concienzuda, casi metódica, mientras adivinaba
las formas de la mujer, que se retorcían de placer en la penumbra.
La mano del hombre jugaba con su
clítoris ejerciendo la presión justa para llevarla hasta el éxtasis, hasta el
clímax. Luego rebajaba la tensión. La calma, el control, volvían al cuerpo de ella,
que momentos antes se abría, arqueando la espalda, ofreciendo su coñito a los
dedos de él, que saboreaba sus gemidos como si de una victoria se tratase.
Ella se moría por dentro con cada toque.
Perdía el control una y otra vez. Los temblores se habían apoderado de su
cuerpo. Sintió que se rompía por dentro, esta vez de forma definitiva. Pero la
voz del hombre le ordenó de forma firme y serena que se controlara. Obedeció,
calmando sus músculos, destensándolos. Su mente intentó tomar el control pero
sabía que era una batalla perdida. Estaba en las manos, nunca mejor dicho, de él.
Su cuerpo solo obedecía las órdenes del hombre, solo respondía a las caricias,
casi dolorosas de sus dedos sobre el clítoris.
Una mezcla de sensaciones la recorrían.
El hormigueo de su piel se hacía más y más intenso. El clítoris parecía a punto
de estallarle. En ese momento un orgasmo profundo, intenso, oscuro, se apoderó
de su cuerpo. Esta vez alcanzó el clímax de una forma salvaje. El animal, la
loba, que llevaba dentro rompió sus ataduras y aulló, aulló a la luna
creciente. Desde el vientre ascendió la fuerza del animal que se apoderó de
ella, dejándola agotada, derrotada, a merced de sus instintos, de sus deseos
más inconfesables.
Cogió la polla del hombre en ese
momento. La acaricio con gran intensidad. La verga se elevaba poderosa. Deseaba
tenerla dentro, sentirla dentro de su culo. Pero él volvió a recordarle quién
mandaba allí. Sujetó las muñecas de la mujer con una sola de las suyas.
“Contrólate” volvió a ordenarle. Ella obedeció a la seguridad, a la fuerza, a
la virilidad que aquella voz desprendía sin rechistar.
Hubo tiempo para un último orgasmo,
dulce, tierno, casi silencioso, que la acunó llevándola hacía el sueño más
apacible y reparador que había sentido jamás, mientras entre sueños veía
dibujarse una sonrisa en el rostro de su amante, de su amo.




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