El dilema de San Pedro.








17/03/15 ESCRITO POR DIANDRA B.

El dilema de San Pedro

Vale, ya estamos aquí. La verdad es que todo se me ha hecho tan largo que estaba deseando que llegase este momento.
No quiero aburriros con detalles, pero lo cierto es que mi vida ha sido un auténtico desperdicio. Cuarenta y seis años... ¡cuarenta y seis cerdos que hubiese criado mi madre!, como decimos en mi tierra.
A mí  no me apetecía nacer, y debí hacer hecho caso a mi intuición. En fin… Ya os he dicho que no os iba a aburrir con mis tonterías. Todo el mundo tiene problemas. Y la experiencia me ha enseñado que son más serios e importantes que los míos. El susodicho problema puede ser de dinero, amor, o un uñero. El caso es que no se me da permiso ni para quejarme. Así que pongo cara de póquer. ¡Qué le vamos a hacer!
¡Pero por fin se acabó! ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que viene en nombre del señor! ¡Hosanna!
Y aquí me tenéis. En las puertas del Paraíso. Llevo aquí sentada unas cuantas décadas.
¿Por qué estoy aquí fuera? Tiene una fácil explicación. Estoy aquí fuera por tonta. No he sido mala, al menos no lo suficiente como para ir al infierno. He respetado a los demás. No he robado. He visto normal, e incluso lógico que las personas a las que he amado amaran a otras en lugar de a mí. No le he quitado la plaza de aparcamiento a nadie. Al fin y al cabo nunca he creído que mereciese demasiado. Total candidata si no al Paraíso, al menos sí al Limbo, que no deja de ser un sitio curioso y aseadito. Pero cometí un error. O  mejor dicho, fui tan torpe como de costumbre. Solo que esta vez fue la última torpeza. Y San Pedro, que no es mal tipo, pero que de carácter anda regular, no me deja entrar. Aquí estoy viendo al personal pasárselo pipa y yo me quedo con la miel en los labios.
¿El error? Me morí de la forma más tonta y pecaminosa que podáis imaginaros. Y me puse a discutir con el portero.
Soy hetero, ¡con perdón! Así que cuando se me brindo la oportunidad, rara avis en mi vida, de echar un polvo, un casquete, pasarme a alguien por la piedra, fornicar, conocer a alguien en el sentido bíblico de la palabra, ir a la era, follar, vamos, allá que me fui con los ojos cerrados, y el resto de mis orificios bien abiertos. ¡Y ahí que estaba yo más feliz que una perdiz!
No hubo mucho besuqueo. El capullo se negó. Con lo que a mí me gustaba besar. No sé porqué la verdad, porque si lo piensas fríamente eso de meter la lengua en la boca de otros, acariciando hasta el último resquicio; eso de morder unos jugosos labios; eso de recorrer una fila de dientes humanos, no deja de ser una cochinada totalmente anti higiénica.
Así que pasé a algo un poco más productivo. Y decidí introducir mi lengua en su oreja. La lamí con frenesí. Acariciando todo el pabellón auditivo. Tocando todos y cada unos de los puntos sensitivos. Recreándome con perversidad, como lo haría cualquier experto acupuntor.
Seguí por el cuello, evitando hacer un chupón, ¡claro!, que ya que el  hombre me hacía un favor, no estaba bien que se enterara su mujer. Acaricié su cuello hasta que noté que se le erizó la nuca con un escalofrío involuntario. Ruido no hacía. Nos rodeaba un silencio sepulcral, más propio de cementerio que de lecho fornicador.
Los pezones fueron mi siguiente objetivo (¡sí yo también he leído los “10 tips para excitar a un hombre”!). Mi lengua acarició la areola con calma, con ternura casi. De nuevo creí sentir síntomas que parecían indicarme que iba por buen camino. ¡Pero como yo siempre me pierdo…!
Atravesé a grandes lametadas su tórax, apetitoso y crujiente como unas buenas costillas a la parrilla.
Y ahí estaba yo, frente a frente con mi  objetivo.
Hice un estudio previo, anotando los flancos débiles para intentar con éxito el asedio de aquella fortaleza. Tracé el perímetro con mis dedos, acaricié los testículos, pasé la lengua por la base de la polla, que estaba ante mí, pensando en sus cosas, supongo. Conmigo es fácil distraerse, ¡ya te digo!
Por fin me decidí. Era ahora o  nunca. Aunque soy un desastre en la cama, no tengo ni pizca de vergüenza, así que me lancé.
Introduje el pene en mi boca. Comencé a lamerlo, a juguetear con él,  a estirar suavemente del prepucio, a lamer el glande, que se estremecía. Poco a poco conseguía mi objetivo.
Mientras me imaginaba que la tenía dentro de mí. Me imaginaba sus embestidas. Me imaginaba como entraba y salía de mi cuerpo, lo suficiente como para hacer que la deseara aún más, que me excitará aún más cuando se clavaba con fuerza en mis entrañas, sentí como mis pezones se endurecían, imaginando que las manos del hombre aprisionaban mis pechos, con fuerza, casi con rabia; imaginando que sus dedos presionaban mi clítoris, a punto de estallar ya en pleno éxtasis.
Creí sentir el roce de sus dedos recorriendo mi piel, introduciéndose entre mis labios, acariciando mi pelo.
Ansié que su lengua lamiera mis orejas, que recorriera mi cuello suavemente, como si él sintiera deseo de verdad.
Tan extasiada estaba, tan concentrada en mi labor que no me dí cuenta de nada, de verdad ¡os lo juro!
Lo siguiente que recuerdo era la cara de cabrero del bueno de San  Pedro cuando yo le explicaba que me había ahogado.
- “¿Ahogado? ¿Cómo?”, preguntó.
- “Yo creía que vosotros lo sabías todo”, respondí.
- “¡No te pases de lista niña!”, me espetó con cara de pocos amigos.
- “Bueno pues, esto… me ahogué mientras me comía…”
- “¿Qué te comías?, ¿unas uvas?”
- “No, no era Nochevieja”, yo dándole largas al tema.
- “Me quedo sin paciencia”, es cierto, pensé, es San Pedro, no el Santo Job.
- “¡Vale! Pero prométame que no se va a reír”, estaba empezando a ponerse azul de rabia.
- “Bueno yo me ahogue mientras me estaba comiendo… una buena… polla”
- “Es cachondeo, ¿verdad?”, me dijo en buen santo.
- “Que no, palabrita del niño Jesús”.
- “No metas al jefe en esto, descarada”, vi que la cosa se ponía sería.
- “Bueno al grano: ¿Entro o qué?”
- “¡Pos va a ser que no!”
- “Al infierno entonces” allí debe haber más marcha, pensé.
- “Eso quisieras tú lista. Mira te quedas ahí fuera, esperando a que un camello entre por el ojo de una aguja. ¡Venga, desfilando, que tengo faena!”
- “¿En serio?, ¿me dejas a las puertas?, Lo tuyo fue más gordo. Negaste al jefe tres veces.”
Lo intenté,  pero no hubo “tu tía”.

Y aquí estoy desde entonces, esperando a que entre un camello por el ojo de una aguja o que San Pedro eche un buen polvo y le cambie el humor. ¿Alguna voluntaria? ¿O voluntario claro?, ¡que últimamente una no sabe cómo acertar!



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