asignatura pendiente










Allí te tenía yo, en una de las mesas del comedor de tu restaurante, boca arriba y con tus piernas abiertas y apoyadas en mis hombros, con la falda completamente subida por encima de las caderas, enseñándome ese coñito depilado y húmedo por la excitación del momento y lugar. El miedo a ser descubierta te daba cierto morbo que me transmitías a mí y eso me la ponía aún más dura.
Tan excitado estaba que apenas hubo preámbulo y te la introduje de inmediato con tanta fuerza que casi te tiro de la mesa, obligándote a agarrarte a ella para no caerte al suelo. Repuestos del susto insistí en mis embestidas tanto que la mesa no dejaba de moverse de un lado a otro, parecía una bailarina mareada, y no parábamos de reír por la situación. Era totalmente ridícula y surrealista, pero ahí seguíamos dale que te pego.
La excitación estaba servida y las risas no paraban porque tanto peligraba nuestro físico que al final nos imaginábamos completamente desparramados por el suelo, uno encima del otro. Cosa que al final afortunadamente no ocurrió, pero tú no parabas de gritar como una condenada a muerte de tanto placer que llegaste a sentir. Gemías como si en ello te fuera la vida, y no recuerdo un solo minuto en que no dejaras de nombrar a los santos, porque a San Pablo y San Pedro no parabas de nombrarlos cada vez que te venia un orgasmo. Y si no recuerdo mal por lo menos los nombraste una docena de veces.
¿Cómo coño llegamos a esta situación?, quien me manda a mi conocer a una mujer casada con un marido celoso que no dejaba de vigilarte continuamente porque no se fiaba de ti, que por cierto mucha razón tenía de sentirse cornudo porque bien grande los tenías el hombre. Ya que no pasaba un solo día que se lo metieras conmigo, en los sitios más dispares y menos imaginables para el venado. Su cama, su piscina o en la mesa del restaurante donde comía habitualmente.
Si supiera tu marido la cantidad de leche desparramada en su mesa y dentro de su mujer ya le hubiera dado un infarto y se hubiera ido “pa lante”, tu rica y yo resuelto.
Todo empezó una mañana en la que me presente en tu restaurante y ahí estabas barriendo el local y lo primero que vi al entrar fue tu hermoso culo, redondo, respingón y resolutivo, pasmado me quede de lo hermoso que lo vi y mi imaginación hambrienta como un náufrago que lleva dos semanas sin comer se imaginó lo que haría en esos momentos, vamos pa tirarse encima de él y perder la noción del tiempo.
Te pregunte si estaba cerrado el local y tú me contestaste que no, que pasara que me atenderías en todo lo que necesitara. Eso fue una mala idea porque mi respuesta fue “¿y tu entras en mis necesidades?” y tu contestaste que no, que no entraba en ello.
Al cabo de una semana ya te comía el coñito en el cuarto de baño de tu restaurante y hacíamos el amor por primera vez en la mesa donde tu marido se comía el solomillo.
La primera vez fue brutal porque sin tu permiso y casi a la fuerza te empuje al baño donde opusiste una pequeña resistencia a que te bajara el pantalón, alegando que nos podía pillar tu marido, a mí eso me importaba un carajo, y por lo tanto insistí en bajártelo hasta las rodillas y cuando ya lo conseguí te puse mirando a cuenca y te la metí de una sola estocada en tu coñito aun sin estar del todo excitado. Un grito salvaje salió de tu garganta cuanto te atravesé con mi verga. Dos minutos después no había quien te quitara el “cabrón” de la boca de  lo caliente y descontrolada que estabas.
Y luego dejaste de decirlo porque no había ni dios quien te quitara mi pene de tu boca. Y a partir de ese momento a tu marido le empezó a crecer las cornamentas de manera descontrolada, que últimamente se quejaba de dolores de cabeza de forma habitual.
Tanto era el deseo que tenia de poseer tu culo que se convirtió en mi asignatura pendiente.





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